jueves, 15 de diciembre de 2016

SIDRA PINO

BUENOS DÍAS, AMIGOS. HOY PUBLICAMOS UN INTERESANTE COMENTARIO DEL DR. RAÚL VELA SOSA SOBRE LA INOLVIDABLE "SIDRA PINO", LEÍDO DURANTE LA PRESENTACIÓN DE MI LIBRO DEDICADO AL BARRIO DE SANTIAGO.
25 de Octubre de 2016
Comento un tercer hecho.
Ahora me referiré a ese otro gran símbolo del barrio que es la Sidra Pino. Compañía productora y embotelladora yucateca de un sabrosísimo refresco de sabores que desde su fundación denominó a su primer producto como “sidra”, cuyo sabor especial y más demandado era la “Negra”.
Sólo en Yucatán hay un sabor que tenía nombre de color. Cuando alguien pedía: “deme una pino” y se le interrogaba: “¿qué sabor?”, la persona respondía: “Negra”.
Las malas interpretaciones se presentaban cuando un turista escuchaba que un paisano llegaba a un establecimiento y decía: “quiero una negra”.
Y el siempre recordado “Soldado de Chocolate”, delicia para todos, desde niños hasta personas mayores.
Nacimos y crecimos con el sabor, el olor y la imagen de la Sidra Pino.
Hace poco más de un par de años, en que tuve el honor de ocupar una responsabilidad cultural pública importante, tuve la oportunidad de conocer un proyecto teatral que tenía en el centro el tema de la embotelladora santiaguera, se llama “Sidra Pino: Vestigios de una serie” de la autoría del Grupo Murmurante Teatro.
Decidí apoyar su gestión para financiar el proyecto porque en verdad me pareció valioso, con cierto temor de que me estuviera influenciando la nostalgia queriéndola convertir en alegría, palabras clave en el título del libro que hoy nos reúne. No faltaron las voces de los opinadores todólogos que decían: “la Sidra Pino ya no existe, para qué se apoya ese proyecto”. Mi decisión se sostuvo y apoyamos el proyecto.
Un medio día tuvimos una inolvidable sesión cultural en el local del Sindicato de Trabajadores de la embotelladora, en momentos en que luchaban de manera justa y legítima por la resolución de su problema laboral que ya se había prolongado demasiado.
Ariadna Medina y Juan de Dios Rath de “Murmurante Teatro”, Luis y Linda Pino Cardeña, fueron los protagonistas de esa experiencia, y mi amigo Luis Pino, llevó una nevera con Sidra Pino Negra, en envases de plástico, elaborados con la fórmula original familiar.
Desde que destapó la primera botella, sentí el aroma de la Sidra, el aroma de Santiago, y luego, después de muchos años volví a sentir ese sabor de la Sidra, sabor a Santiago. Una especial satisfacción que nunca olvidaré. Mi afecto a toda la familia Pino.
Tiempo después, ya en otras responsabilidades me enteré por los medios de comunicación que la obra de teatro había sido invitada para presentarse en la capital de la República en un evento del Instituto Nacional de Bellas Artes y más tarde supe que se le había seleccionado para presentarse en Europa.
No me había equivocado, que la nostalgia y la alegría me habían influenciado, sí, pero lo que los opinadores no habían entendido es que Sidra Pino es más que una marca, es más que un refresco, detrás de esos productos comerciales, hay una familia, una tradición, una historia, una cultura, un barrio.
Sidra Pino es sinónimo de Santiago. Y eso hay que entenderlo en toda su dimensión social, como un valor con historia y trascendencia. (CONCLUIRÁ MAÑANA)
FOTOS: EL DR.VELA SOSA Y LA INOLVIDABLE SIDRA PINO 
ASPECTO DE LA CONCURRENCIA

Libro Recuerdos Dispersos

Queridos amigos:
03 DE NOVIEMBRE DE 2014

Pensé esta noche dirigirles unas palabras espontáneas, pero el temor de que la emoción me impidiera articularlas me hace leer este escrito.

Muchos se preguntarán: ¿Por qué esa emoción, si este hombre ya tiene experiencia? ¡Éste es el sexto libro que presenta!

En efecto, ya tengo las tablas suficientes para no emocionarme mucho por la publicación de un nuevo libro. Lo que me emociona, en grado superlativo, es la presencia de tantos amigos muy queridos que esta noche han venido a acompañarme. Me llega hasta el fondo de mi
corazón.

Alguien dijo: Es mejor tener amigos que tener dinero. Es verdad. El dinero no se lo lleva a uno a la tumba. Pero los amigos sí nos acompañarán durante nuestro sepelio.

Entremos ahora a nuestro propósito. En primer lugar, mi sincero agradecimiento al Gobierno del Estado, que a través del Instituto de Historia y Museos de Yucatán, bajo la dirección del Maestro Jorge Esma Bazán, gentilmente ha patrocinado la presentación de mi libro Recuerdos dispersos.

Amablemente, el Maestro Esma Bazán me facilitó este majestuoso recinto para el acto que ahora celebramos.

Por cierto, al enterarse de ello, el abogado Gaspar Humberto Gómez Chacón me dijo: Pilo, eres muy audaz al solicitar esa sala. Está muy grande. Tendrás que repartir tortas y juguitos para que el público asista en cantidad suficiente.

Yo le respondí: No hay necesidad de eso, Gaspar. Mis amigos no me dejarán mal esa noche. Y así ha ocurrido. ¡Muchas gracias a todos ustedes por su amable presencia!

El 17 de este mes se iniciará el Festival Internacional de la Cultura Maya -organizado por el Instituto de Historia y Museos de Yucatán-, con interesantísimas actividades artísticas y culturales.

Es una fiesta que durante 10 días  celebra lo mejor del talento artístico en todas sus modalidades. Reúne a los investigadores, escritores, especialistas en lengua maya, académicos y conferencistas nacionales e internacionales, que buscan encontrar nuevas luces en el firmamento y la cosmogonía del mundo maya.

Pues el Maestro Jorge Esma Bazán gentilmente me ha concedido la oportunidad de desempeñarme hoy nada menos que como telonero de ese magno festival.

Mi agradecimiento también a mi amigo Gaspar Gómez Chacón, por las facilidades que me dio para editar Recuerdos dispersos; a don Carlos Vivas Robertos, por el diseño de la portada e interiores del libro; y a Wendy Piña García, por su diligencia para lograr la impresión de esta obra.

Igualmente agradezco a las presentadoras y la prologuista, mis bellas e inteligentes colegas Ana Gabi Aguilar Ruiz, Romina Benavides Lugo y Ninette Lugo Valencia por su destacada participación en este acto. Gracias, gracias.  ¡Ah!, y a mi hijo Andrés, el nene de la familia, por su papel de  maestro de ceremonias.

También tengo palabras de agradecimiento para los buenos amigos que gentilmente adquirieron varias decenas de ejemplares en la modalidad de preventa, lo que me permitió cubrir oportunamente los gastos de impresión del libro (Desafortunadamente, el licenciado Gómez no da fiado).

Hace siete años, en el local del Colegio de Abogados de Yucatán, al presentar mi obra Miscelánea de Abogados manifesté mi intención de retirarme de la redacción de relatos festivos del foro yucateco. Así, publiqué dos libros ajenos a ese tema. Sin embargo, Recuerdos dispersos es una colección de anécdotas principalmente de jurisconsultos de esta tierra, con una considerable dosis de achiote. ¿Qué ocurrió?  ¿Por qué falté a mi palabra?

La culpa la tiene el féisbuc. Cuando me inicié en los recovecos de ese moderno medio de comunicación, en lugar de escribir como muchos acostumbran: Estoy cenando en una panuchería de Santiago; hoy iré al cine; o simplemente aburrriiidooo-, yo redacté una anécdota por vía de entretenimiento.

La respuesta me asombró. Inmediatamente, desde Valladolid el licenciado Roberto Montañez Ávila me preguntó: ¿Viene otro adobado con achiote? Me apunto para el nuevo libro.

Mi sobrina Cristi Escalante Garma apoyó la idea, pidiendo más episodios de abogados, en lo que fue secundada por sus hermanas Mariale y María José.

Y luego, como en un tsunami, muchas amistades me solicitaron más historias chuscas de letrados yucatecos. Poco a poco fui redactando nuevos episodios,  incluí un par de semblanzas, anécdotas de viajes y recuerdos de sucesos familiares hasta conformar el libro que hoy presentamos.

¿Por qué seguí redactando anécdotas e impresiones de viajes? La respuesta me la dio el abogado Jorge Álvarez Rendón cuando una mañana, de visita en mi oficina, me dijo: “Si ya escribiste y publicaste, ya te envenenaste. Ahora vas a seguir escribiendo hasta el fin de tus días”.

Eso es cierto. Éste es mi penúltimo hijo, pues el siguiente ya se está gestando en el disco duro de mi computadora.

De una u otra forma, diversas personas me apoyaron en la redacción de Recuerdos dispersos. A ellas les expreso mi agradecimiento en el propio libro y ahora me permito mencionarlas nuevamente:
  • Mi esposa, Irma, la que más sufre con mis aventuras como escritor.
  • La licenciada María Elena Guillermo Cáceres, mi cordial amiga Malenita, quien pacientemente corrige mis errores de redacción.
  • Desde luego, mi amigo Roberto Montañez Ávila, por sus palabras de motivación.
  • El maestro Jorge Álvarez Rendón, quien no solamente ha comentado elogiosamente algunos episodios, sino  también me sugirió la edición de este libro.
  • Dos damas que siempre me han dirigido palabras amables por las publicaciones en el féisbuc: la gran cantante Conchita de Antuñano y la licenciada María Teresa Navarrete Barrera. Ambas me motivan a seguir escribiendo.
  • Mis sobrinas Escalante Garma, preciosas las tres.
  • Desde Monterrey, mi pariente y antiguo condiscípulo Jorge Tenreiro Rivero.
  • Los Muchachos, los amigos más fieles que uno pueda desear: Jorge Peniche Aznar, Jorge Heredia Trujillo, Pablo Castro González, Emilio Molina Traconis y Stephen Urbina Aznar, mis fraternales compañeros de la generación 1969 de la entonces Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Yucatán.
  • Y las dos jóvenes abogadas a quienes he dedicado esta obra: Cristina Pérez Cordero y Rosalba del Carmen Fuentes Bustillos, quienes son mi apoyo en el despacho.

A ellos y a todos ustedes, nuevamente, muchas gracias

LA MEJOR ÉPOCA


¿Cuál será la mejor época en la vida de una persona?
¿Será la infancia, en la que todo son juegos, risas y alegrías y son inadvertidas las carencias del hogar?
¿Será la primera juventud, en la que uno despierta a la realidad de la existencia, toma conciencia de los hechos y sucesos, asiste a fiestas y paseos y se empieza a interesar en el sexo opuesto?
¿Será la del adulto joven, cuando define su vida, comienza a trabajar, forma una familia, disfruta de la llegada de los hijos y tiene grandes esperanzas en el porvenir?
¿Será la de la persona madura, con éxitos y amplia experiencia en el trabajo, dedicada a formar un matrimonio, convive con muchísimos amigos y ve ya crecida a la familia?
No. Para mí, la mejor etapa de mi vida es ahora, cuando a partir de los 65 años he comenzado a cosechar lo que he sembrado a mi paso por este mundo. Las manifestaciones de cariño y aprecio de mi familia y de mis numerosos amigos me hacen feliz y dichoso.
Mi momento actual no lo cambio por ninguna otra época de mi vida, a pesar de los padecimientos degenerativos que me agobian como consecuencia de la senectud. ¡Ancianidad, bienvenida seas!
Infinitas gracias al Altísimo, que me permite disfrutar de lo mejor de mi existencia

LA RAMA I (Alegría y Nostalgia, 2009)

Narración de los años 50 del siglo pasado

Los días previos a la Navidad proliferan los grupos de niños y jovencitos que salen a la calle para cantar la rama. Esta costumbre, que ignoro de dónde venga o desde qué época se inició, se practicaba en Santiago en las noches decembrinas. 
Con ese propósito varios infantes y uno que otro adolescente se reunían previamente en el domicilio de alguno de ellos para ensayar los cánticos y villancicos que entonarían por las casas del rumbo.
Tras varias canciones, las familias que disfrutaban de las voces atipladas anunciando la próxima llegada de Jesús compensaban a los cantores con algunas monedas que siempre eran bien recibidas, pues en realidad ése era el propósito de los rameros, como se les llamaba con cierta picardía.
Antes de iniciar el recorrido por las calles 65 y 72 los integrantes de la rama se preparaban para su labor. Del patio de la casa de uno de ellos se obtenía de algún árbol una rama larga y no muy pesada que pudiera ser transportada con facilidad. 
El resto de los utensilios eran una caja de cartón de las empleadas para guardar zapatos, en la que se acomodaban una estampa relativa a la natividad del Señor o con la imagen de la madre de Dios, como las que se repartían entre los educandos en las clases de doctrina cristiana, y una vela o veladora para alumbrar la estampita. 
Durante el recorrido por los distintos hogares del rumbo el niño o la niña que transportaba la caja de cartón tenía mucho cuidado con el equilibrio de la vela para no producir un incendio y perder los implementos necesarios para la rama.
Al iniciar su trayecto los cantores se detenían en la primera vivienda que tuviera las puertas abiertas y los moradores a la vista y de los breves pechos pueriles salían, bastante desacompasados, los primeros versos:
Naranjas y limas, 
limas y limones,
aquí está la Virgen 
de todas las flores.
Siempre me llamaron la atención los dos últimos versos de la cuarteta. No tenía yo muy claro su significado. Muchos años más tarde, en diciembre de 1997, cuando cenaba con mi familia en el Café La Parroquia del tres veces heroico puerto de Veracruz, un grupo de jarochitos, encabezados por una muchacha alta y garbosa toda vestida de blanco, entró al conocido restaurante y ante la nutrida concurrencia inició los característicos cantos de la rama.
Naranjas y limas,
limas y limones,
más linda es la Virgen
que todas las flores.
Este episodio aclaró mis dudas sobre el sentido de los versitos. Creo que la versión jarocha es la correcta. Además, por ese suceso supe que la rama también se canta en otros estados de la República.

11 DICIEMBRE 2013
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SANTIAGO EN LOS AÑOS 50


En el parque de Santiago se practicaba el fut-lata. Éste consistía en un partido de fútbol en el que en lugar de balón se utilizaba una lata de grasa para calzado de la marca El Oso, muy empleada por los limpiabotas en sus labores. Cuando se desechaba uno de esos implementos los muchachitos del suburbio lo rellenaban con estopa, tornillos, tuercas y rondanas y luego a golpes de martillo remachaban la tapa para que no se desprendiera. La lata quedaba sumamente pesada y no levantaba del suelo cuando la pateaban. Los partidos se efectuaban en la parte central del parque, junto a la estatua del general Santos Degollado, en el espacio delimitado por cuatro pequeños barandales. 
Ocasionalmente los chamacos de La Jardinera íbamos al parque de nuestro rumbo a presenciar los reñidos encuentros de fut-lata. Entre los jovenzuelos que lo practicaban nos llamaba la atención un morenito sumamente hábil para sortear a los jugadores rivales y muy diestro en el manejo de la lata hasta anotar el tanto favorable a su equipo. Los infantes mirones aplaudíamos cuando el veloz jugador propinaba una fuerte patada a la lata que, por la velocidad que adquiría y por la fricción con el piso de concreto, producía abundantes chispas. El gol era seguro. Se dice que el espectacular estilo de juego de ese joven fue imitado tiempo después por el fenómeno brasileño Pelé.
El delgado jovencito vivía en la calle 57 frente al mercado, al lado de la Casa Solís y era el favorito del numeroso público juvenil que asistía a los juegos en busca de emociones. Años más tarde, cuando ya ambos peinamos canas, ese mi ídolo infantil de fut-lata es mi cordial amigo e insustituible compañero de café don Juan José Hijuelos Urcelay. 
Al recordarle su destreza en el difícil juego, Juan José nos contó que, aparte de los regaños y uascopes que se llevó en más de una ocasión al retornar a su hogar, su mamacita gastó una fortuna con el profesor Baltasar, zapatero remendón cuyo taller -fundado por su progenitor don Zoilo y hoy a cargo de sus descendientes de la tercera generación-, todavía funciona en el mismo sitio de la calle 70, casi en su cruce con la 59. El veterano zapatero semanalmente pegaba con abundante cola los choclos del joven deportista, pues con los impactos de la lata las puntas de sus zapatos se abrían a semejanza de bocas hambrientas. 
Pero esos contratiempos no lo arredraron y Juan José siguió en práctica del singular deporte por un buen tiempo. Ahora el recuerdo de sus hazañas ameniza nuestras tertulias cafeteras.

SANTIAGO EN LOS AÑOS 50


VENDEDORES AMBULANTES

Muy temprano en las mañanas, por las calles de Santiago transitaban vendedores cuya mercancía era un artículo de primera necesidad en los hogares meridanos: los aguadores. Estos modestos comerciantes adquirían el agua de lluvia -destinada al consumo humano- en las grandes residencias meridanas. El líquido vital se recogía de los techos de los edificios mediante un ingenioso sistema de cañería que depositaba el agua en los aljibes o los tinacos de mampostería existentes en las casas.
Los aguadores extraían el agua almacenada en los aljibes mediante el empleo de cubetas de lámina u hojalata, elaboradas con latas de galletas o de otros productos comestibles y sujetadas con una soga de henequén. Luego depositaban el agua de beber en un tonel de madera instalado sobre una carreta arrastrada por una mula e iniciaban su lento peregrinar de casa en casa por todo el suburbio, para surtir del producto de la lluvia a las casas más modestas, carentes de depósitos apropiados para guardar el líquido elemento.
Para extraer el agua del tonel, éste tenía una espita cubierta con un paño o bolsita de tela de algodón para retener las impurezas del líquido, aunque no con ello se eliminaban los microbios. Para el consumo diario, el agua para tomar se vertía en tinajas de barro de Ticul, resguardadas en lugares frescos de las casas. El poroso recipiente mantenía agradable la temperatura del preciado líquido. A veces, el agua almacenada en aljibes y tinacos tenía un sabor desagradable, era agua abombada, según se decía popularmente. Para eliminar ese mal sabor y purificar el agua para tomar, se acostumbraba poner en el fondo de la tinaja una barra de azufre.
El agua de lluvia también se guardaba en los recipientes llamados “filtros”, que consistían en dos piezas de cerámica, uno sobre otro. El de la parte superior tenía como fondo una piedra porosa por la que se filtraba el agua al caer al depósito inferior. Con frecuencia, el agua que quedaba en la base del filtro era de consistencia lodosa, por la suciedad que había en el cristalino líquido.
Los niños de esta región a menudo padecían de lombrices intestinales, por estar el agua contaminada con los huevecillos que esos animaluchos depositaban en la tierra. Para evitar infecciones, en muchos hogares se acostumbraba hervir el agua para tomar, aunque el sabor del agua hervida, aun aireada posteriormente, no era nada agradable.
Ahora, gracias al servicio público de agua potable, ya no tenemos necesidad para recolectar el agua de la lluvia o, peor aún, beber agua directamente del pozo, más contaminada por carecer la ciudad de drenaje. La Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Yucatán (JAPAY) nos ha librado de muchas enfermedades.
Además del agua para tomar, en todas las casas meridanas existían pozos -algunos de ellos compartidos por dos viviendas-, para extraer el agua del subsuelo. Ésta era empleada para regar plantas, para los baños del domicilio o para el aseo de la residencia. Pero no servía para calmar la sed de la familia, pues no era potable.

JUAN BREA

FELIPE ESCALANTE RUIZ


La placa alusiva a la entronización de mi padre, Felipe Escalante Ruz, “Juan Brea”, al Salón de la Fama del Deporte Yucateco tiene una semblanza del homenajeado. Dice así:
FELIPE ESCALANTE RUZ. Nació en Mérida el 11 de octubre de 1918. Falleció el 22 de febrero de 2014, en la misma ciudad. Se graduó como químico farmacéutico en la Escuela de Química de la Universidad de Yucatán en octubre de 1943.
Ingresó al Diario de Yucatán como reportero en septiembre de 1947 y recorrió varios puestos en ese periódico. Por la misma época comenzó su labor docente. Fue profesor en la Escuela de Química, la Escuela Preparatoria y en el Instituto Tecnológico de Mérida. También laboró para la Secretaría de Salubridad.
Fue director de la Escuela de Química de 1972 a 1977, año en que se jubiló de la Universidad. A pesar de estar jubilado, en 1984 fue llamado por el rector, Álvaro Mimenza Cuevas, para ser secretario general de la UADY.
Permaneció en el cargo hasta 1992, cuando era rector Carlos Pasos Novelo. Se retiró nuevamente en 1997, siendo director de la Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán.
Desde sus inicios como reportero cubrió eventos deportivos. Sin embargo, fue hasta el 31 de diciembre de 1962 cuando comenzó a firmar con un seudónimo que le dio fama como escritor de deportes: JUAN BREA, especializado en boxeo y béisbol.
Los lectores disfrutaban las crónicas de los Leones de Yucatán, a los que cubrió en el parque Carta Clara y el Kukulcán, así como las reseñas de los combates de Miguel Canto, Guty Espadas Cruz, Freddy Castillo, Juan Herrera y Lupe Madera, todos ellos monarcas del mundo.
Sus crónicas llegaron a publicarse en El Siglo de Torreón y El Porvenir de Monterrey. Su picardía para escribir, su ingenio para contar los detalles y buscar el punto entretenido, fueron únicos
.
ENTRONIZADO EL 19 DE NOVIEMBRE DE 2016
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A 40 AÑOS DE DISTANCIA

EN EL JUZGADO 1º PENAL
El 1 de febrero de 1976 la juez 1º de Defensa Social, María Dolores Maldonado Pavón, comenzó a disfrutar de su muy merecida jubilación y para sustituirla el Tribunal Superior de Justicia me transfirió del Juzgado 2º (donde suplía al titular con licencia, Jorge H. Velázquez Sosa) al cargo que dejaba vacante la licenciada Maldonado.

Rendí la protesta de rigor el 3 de febrero de ese 1976, ante los abogados Francisco Repetto Milán y Rolando Navarrete Torre, presidente y secretario primero, respectivamente, del Tribunal Superior de Justicia del Estado.
Poco tiempo después el licenciado Velázquez retornó a su base, por lo que su suplente, Luis Guzmán Pacheco, quedó fuera del presupuesto. Gracias a mi cambio de tribunal, yo
quedé firme como titular del juzgado 1º, pues en ese entonces no existía la disposición de que el nombramiento de un juez fuera por cuatro años, como se hace actualmente, sino que su designación era por tiempo indefinido.
En el juzgado 1º fui apoyado al principio por el secretario José Jesús Lizama Velázquez, quien al poco tiempo renunció para dedicarse al comercio. Su relevo, la abogada Mercedes Gamboa García, me dio un respaldo inigualable. Nunca trabajé más a gusto en la judicatura como cuando tuve el apoyo de Medé. Mi agradecimiento a la licenciada Gamboa García, quien ahora se encuentra a la diestra de Dios Padre.
El personal estaba integrado por el actuario Renán Ku Pérez y los escribientes Carmita Franco, la “Chata” Carmen Carrillo Alonzo, Ligia Lany Menéndez Mezeta y Gloria Bustillos Trejo. En esta última llegué a confiar tanto como en Medé. Ambas damas fueron de lo mejor en el desempeño de las labores de ese “templo de justicia”
.
Varios cambios de personal ocurrieron en el juzgado 1º. Unos se fueron y llegaron otros, como Eduardo González, a quien llamaban “Coqueto”, Homero Ramírez Pérez, Jesús Basto Chan, apodado “Chinto”, y mi gran amigo Renán Aldana Solís, el popular “Muñecazo”, de quien sus compañeros, varones y mujeres, decían que era el hombre más guapo del Poder Judicial del Estado.

Permanecí en ese juzgado hasta el 30 de septiembre de 1977 en que, a los 32 años, con la calvicie ya avanzada y un notorio estrés, me retiré del Poder Judicial para dedicarme a mis labores como profesor de Historia de México en la Escuela Preparatoria -ahora Preparatoria Uno-, de la Universidad Autónoma de Yucatán. Al abandonar la judicatura comencé mi aprendizaje como litigante en el despacho del abogado Julio Mejía Salazar.
De mi actuación como juez, tanto en el área civil como en el ámbito del derecho penal, prefiero no comentar nada en este espacio. En otra ocasión será, aunque en mis libros Adobado con Achiote, Más achiote y Miscelánea de abogados narro diversos episodios de mi desempeño judicial.
(Diciembre, 2016)