En el parque de Santiago se practicaba el fut-lata. Éste consistía en un partido de fútbol en el que en lugar de balón se utilizaba una lata de grasa para calzado de la marca El Oso, muy empleada por los limpiabotas en sus labores. Cuando se desechaba uno de esos implementos los muchachitos del suburbio lo rellenaban con estopa, tornillos, tuercas y rondanas y luego a golpes de martillo remachaban la tapa para que no se desprendiera. La lata quedaba sumamente pesada y no levantaba del suelo cuando la pateaban. Los partidos se efectuaban en la parte central del parque, junto a la estatua del general Santos Degollado, en el espacio delimitado por cuatro pequeños barandales.
Ocasionalmente los chamacos de La Jardinera íbamos al parque de nuestro rumbo a presenciar los reñidos encuentros de fut-lata. Entre los jovenzuelos que lo practicaban nos llamaba la atención un morenito sumamente hábil para sortear a los jugadores rivales y muy diestro en el manejo de la lata hasta anotar el tanto favorable a su equipo. Los infantes mirones aplaudíamos cuando el veloz jugador propinaba una fuerte patada a la lata que, por la velocidad que adquiría y por la fricción con el piso de concreto, producía abundantes chispas. El gol era seguro. Se dice que el espectacular estilo de juego de ese joven fue imitado tiempo después por el fenómeno brasileño Pelé.
El delgado jovencito vivía en la calle 57 frente al mercado, al lado de la Casa Solís y era el favorito del numeroso público juvenil que asistía a los juegos en busca de emociones. Años más tarde, cuando ya ambos peinamos canas, ese mi ídolo infantil de fut-lata es mi cordial amigo e insustituible compañero de café don Juan José Hijuelos Urcelay.
Al recordarle su destreza en el difícil juego, Juan José nos contó que, aparte de los regaños y uascopes que se llevó en más de una ocasión al retornar a su hogar, su mamacita gastó una fortuna con el profesor Baltasar, zapatero remendón cuyo taller -fundado por su progenitor don Zoilo y hoy a cargo de sus descendientes de la tercera generación-, todavía funciona en el mismo sitio de la calle 70, casi en su cruce con la 59. El veterano zapatero semanalmente pegaba con abundante cola los choclos del joven deportista, pues con los impactos de la lata las puntas de sus zapatos se abrían a semejanza de bocas hambrientas.
Pero esos contratiempos no lo arredraron y Juan José siguió en práctica del singular deporte por un buen tiempo. Ahora el recuerdo de sus hazañas ameniza nuestras tertulias cafeteras.
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