jueves, 15 de diciembre de 2016

SANTIAGO EN LOS AÑOS 50


VENDEDORES AMBULANTES

Muy temprano en las mañanas, por las calles de Santiago transitaban vendedores cuya mercancía era un artículo de primera necesidad en los hogares meridanos: los aguadores. Estos modestos comerciantes adquirían el agua de lluvia -destinada al consumo humano- en las grandes residencias meridanas. El líquido vital se recogía de los techos de los edificios mediante un ingenioso sistema de cañería que depositaba el agua en los aljibes o los tinacos de mampostería existentes en las casas.
Los aguadores extraían el agua almacenada en los aljibes mediante el empleo de cubetas de lámina u hojalata, elaboradas con latas de galletas o de otros productos comestibles y sujetadas con una soga de henequén. Luego depositaban el agua de beber en un tonel de madera instalado sobre una carreta arrastrada por una mula e iniciaban su lento peregrinar de casa en casa por todo el suburbio, para surtir del producto de la lluvia a las casas más modestas, carentes de depósitos apropiados para guardar el líquido elemento.
Para extraer el agua del tonel, éste tenía una espita cubierta con un paño o bolsita de tela de algodón para retener las impurezas del líquido, aunque no con ello se eliminaban los microbios. Para el consumo diario, el agua para tomar se vertía en tinajas de barro de Ticul, resguardadas en lugares frescos de las casas. El poroso recipiente mantenía agradable la temperatura del preciado líquido. A veces, el agua almacenada en aljibes y tinacos tenía un sabor desagradable, era agua abombada, según se decía popularmente. Para eliminar ese mal sabor y purificar el agua para tomar, se acostumbraba poner en el fondo de la tinaja una barra de azufre.
El agua de lluvia también se guardaba en los recipientes llamados “filtros”, que consistían en dos piezas de cerámica, uno sobre otro. El de la parte superior tenía como fondo una piedra porosa por la que se filtraba el agua al caer al depósito inferior. Con frecuencia, el agua que quedaba en la base del filtro era de consistencia lodosa, por la suciedad que había en el cristalino líquido.
Los niños de esta región a menudo padecían de lombrices intestinales, por estar el agua contaminada con los huevecillos que esos animaluchos depositaban en la tierra. Para evitar infecciones, en muchos hogares se acostumbraba hervir el agua para tomar, aunque el sabor del agua hervida, aun aireada posteriormente, no era nada agradable.
Ahora, gracias al servicio público de agua potable, ya no tenemos necesidad para recolectar el agua de la lluvia o, peor aún, beber agua directamente del pozo, más contaminada por carecer la ciudad de drenaje. La Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Yucatán (JAPAY) nos ha librado de muchas enfermedades.
Además del agua para tomar, en todas las casas meridanas existían pozos -algunos de ellos compartidos por dos viviendas-, para extraer el agua del subsuelo. Ésta era empleada para regar plantas, para los baños del domicilio o para el aseo de la residencia. Pero no servía para calmar la sed de la familia, pues no era potable.

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